Grandes debates y opiniones divididas han generado últimamente en el país la oleada de las nuevas producciones televisivas conocidas como “narconovelas”. Por una parte encontramos a quienes no ven en ellas nada relevante ni digno de alabar o criticar; por otra, a una parte del público que podría considerarse su acérrimo defensor, y finalmente, a quienes como yo, no vemos algo muy provechoso o digno de defender en dichas novelas. (Aclaro que no planeo mencionar la manera en que se estructura visual ni narrativamente el argumento (con muy buenos resultados en algunos casos), sino que limitaré mi opinión a los contenidos de este)
Quienes las defienden argumentan encontrar en ellas un reflejo a la realidad nacional, elemento que matizado con una narrativa emocionante, les resulta bueno; excelente en otros casos, y magistral en otros cuantos.
Desde mi perspectiva, el problema no radica en lo que se muestra; sino en la manera como se hace; pues es innegable que el mundo del narcotráfico es parte de la realidad colombiana, y pretender negarlo, sería poco menos que una grosera tontería.
Es paradójico que en un país, en el que a las 7 de la noche vemos en las noticias como cada rincón del país es víctima de una u otra manera, de los perjuicios del narcotráfico; una hora más tarde nos topemos con los nuevos personajes de moda, los que son llamados por los hipócritas y convenientes como “duros”.
Si, los “duros” o “traquetos”, aquellos megalómanos a quienes debemos la estigmatización en el exterior, por quienes los colombianos hemos sido junto a los árabes, las mayores victimas de xenofobia. Aquellos a quienes muchos justifican, olvidando el pequeño detalle de que llevan a cuestas la muerte de miles de personas.
Pero como mencionaba, omitirlos de una producción que pretenda hacer eco de nuestras realidades sería absurdo; el problema a mi parecer es que se ha puesto al narcotraficante no en el rol del villano, sino en el de héroe, o más exactamente en el del antihéroe. Es el antihéroe aquel personaje que si bien no recurre a los métodos más ortodoxos para lograr sus cometidos, siempre está amparado en buenas intenciones y sólidos argumentos; por supuesto muy bien dotados de sentimientos que los vinculan emocionalmente con el público y en quienes despiertan una identidad pues carecen de aquella excesiva moralidad propia de los héroes tradicionales
Los productores se escudan en que al final de sus historias siempre se da un mensaje contundente, pues los narcotraficantes o mueren o van presos; pero parece que deliberadamente omiten mencionar que a lo largo de toda la producción generaron razones suficientes para que el publico sintiera el suficiente aprecio y empatía por el protagonista, como para sufrir cuando este está a punto de morir o ser capturado, o incluso para resaltar las virtudes mas ocultas de sus lugartenientes y escoltas (términos que no pasan de ser mas que eufemismos).
De hecho, que el protagonista de una narración muera al final, no es de ninguna manera un garante de interpretación y aceptación de un mensaje “educativo”. Para argumentar lo anterior cito una película muy conocida por casi todo el mundo: Titanic. En esta cinta, la historia de amor de dos personas se ve truncada por la muerte de su protagonista, a través de lo cual, se dota a la historia de mucho mas dramatismo del que se podría haber logrado si terminaran felices para siempre. Y cuál fue la moraleja de Titanic? Ninguna; lo que consumimos es la historia en bruto.
Y cuando digo consumimos me refiero a todos; porque incluso quienes discrepamos y creemos tener el derecho y la libre determinación de no ver estas producciones, nos vemos bombardeados a toda hora y por todos los medios. Me refiero a quienes con su indiferencia cada día se familiaricen más con la figura del narcotraficante y lo vean como algo tan normal, como un tendero o un carnicero. A los niños y adolecentes que cuenten con la orientación de sus familias, y a quienes por desgracia no cuentan con este beneficio; me refiero a quienes por diversas condiciones vean en este tipo de historias una respuesta y una salida a sus situaciones, personas que a lo mejor, estén dispuestos a correr el riesgo de burlar la moral y la justicia y aventurarse a ser los nuevos “duros”.
